martes, 8 de septiembre de 2009

REMITENTE EN BLANCO

Cuando escribió la carta nunca supuso que no le iba a llegar ese mismo mes, no imaginó que tardaría seis meses en obtener una respuesta. Cada día bajaba al buzón que le dejaba el mismo mensaje de polvo o cartas de los bancos. Ya nadie escribía misivas. Pasado el cuarto mes, aunque seguía comprobando cada día el buzón, se imaginó que no iba a llegar la carta. Perdió la esperanza pero no la costumbre de comprobarlo. Al sexto mes apareció. La carta no llevaba remitente, ni siquiera constaba una dirección. Las peores cartas son las que no esperadas, las que están inmaculadas. Subió a su habitación contento, tenía que ser de ella aunque nunca le había enviado una carta sin ningún tipo de señal. La dejó encima de la cama y empezó a saborearla. Pensó en lo que le deparaba el interior. Estuvo un tiempo petrificado porque quizá había ocurrido alguna fatalidad y por eso no le había contestado antes. Pero para eso estaba el teléfono que era más fiable. Quizá le iba a comunicar una buena noticia, que había encontrado un gran trabajo que, aunque no le dejaba tiempo para responder cartas, le encantaba. Pero eso se podía comunicar por email. Miró la carta, estaba expectante. Entonces la observó de nuevo, sin tachaduras en el sobre. Sintió un frío muy extraño. Le pareció una carta de reproches. Si él tuviera que hacerlo lo haría así, el que no hubiese remitente ni dirección le daba a entender que era una carta de reproches que se había mandado por correo certificado. Sólo constaba el matasellos que algún funcionario de correos había estampado sin conocer de su gran amistad. Cogió la carta para meterla en un libro de poemas. No había mejor antídoto contra la fugacidad, aunque fuese de una amistad. Le echó un último vistazo al sobre siendo engullido por las páginas del libro. Tal vez, y sólo tal vez, el tiempo rompiese la cerradura de pegamento y entonces, alguien, no le importaba que no fuese él, descubriría al verdadero remitente, pues le parecía que una carta que no era valiente como para afrontar su destino no significaba nada. Cogió el libro para donarlo a la biblioteca pública de su ciudad.

6 comentarios:

cabopá dijo...

No queda claro sí la leyó o no...??
Es muy misterioso este relato sin remite....me estoy imaginando que debería tener segunda parte antes de donar el libro...siempre las misivas sin remite iban en una botella,ja,ja....Muy bueno

Eme dijo...

Qué bueno!! yo pensaba q las cartas vacías. Besos!

Clares dijo...

No la leyó, seguro. Pero es raro. Hay gente así?

Begoña (Murcia) dijo...

Extraño relato. Te sigo leyendo, con tu permiso, para ahondar en tu personalidad como escritor.
Saludos

VeraLucia dijo...

soy nueva por aqui,
es curioso llegar y encontrar un relato perfectamente inconcluso.
me gusto mucho.

Porsupuesto que hay gente que no lee cartas, soy una de ellas... hay veces que esperamos una respuesta, que no solo la esperamos sino tambien la necesitamos pero creo que cada cosa tiene su momento..quizas para la otra persona el momento es despues de 6 meses, pero mi momento es hoy, manana o quizas en un mes, pasado el tiempo,... q u e m a s d a...

Te leo :]

Rafa dijo...

Por fin puedo escribir!!!
Cabopá no la leyó, el del relato digo.

Jaja, Clares, yo soy así, si considero que no debo leerla. Aunque me muera de curiosidad, pero si puede más el destino...

Encantado de tenerte Begoña!!! Me gustaría leer algo de Ayala (tu tio abuelo). Estuve en un congreso que le dedicaron en Santander y me entraron ganas.

Hola VeraLucía, bienvenida! pásate siempre que quieras!!!