lunes, 21 de noviembre de 2011





Un museo son pasos.
Un andar desprevenido, te asalta un cuadro, se abalanza encima de ti. Te descubres mirando algo que alguien ha hecho, algo a lo que alguien ha dedicado una gran cantidad de tiempo. Y en ese momento tienes la sensación de que el pintor ha sabido captar algo que nadie ha sabido captar antes ni después.
Sí.
Los museos se llenan de objetos intemporales. O de objetos de temporalidad reducida. De instrumentos cargados de reflexiones, si no sabes mirar, no encontrarás más que una mirada unidireccional en el museo y será un lento fluir. Si sabes, en cada uno de los cuadros encontrarás múltiples ventanas hacia otras realidades.
Hoy has caminado por la exposición del Hermitage en el Prado, por la de Delacroix en el Caixaforum.
Hay algo que suena en los pasos que has dado, hay alguien tuyo que se ha puesto a caminar por el autorretrato de Delacroix, o con la mujer con sombrero negro. Y ha naufragado en la composición VI de Kandinsky como si fuera el diluvio universal.

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