miércoles, 21 de diciembre de 2011


Algunas veces me han preguntado por qué me suelo ir de los sitios sin despedirme y antes de tiempo. El otro día, sin ir más lejos, había quedado para una lectura y casi al acabar me marché, antes de lo previsto. Noté que Elena levantaba los ojos y me seguía con mirada asustada, habría visto algún tipo de peligro que yo no sabía ver en que me fuera justo después de haber leído mi texto y antes de que todos saliéramos de nuevo al escenario para fotografiarnos con unos rostros sonrientes. Sé que Esteban se quedó en la barra, la espalda vuelta, dubitativo pensaría qué pedir, queriendo creer que cuando fuese al lugar en el que yo estaba seguiría aún allí, para felicitarme por la lectura, aunque la lectura no le hubiera gustado, aunque a mí mismo me costaba reconocerme en aquellas palabras que yo mismo había escrito.
Cuando me preguntan aludo a razones temporales para excusarme, si a uno le preguntan por el tiempo es justo responder con el tiempo. Suelo explicar que me marcho antes para poder aprovechar mejor las horas de otro día, como si al día siguiente tuviera algo mejor que hacer. En realidad, el hecho de que me marche antes está siempre vinculado a un cuento que leí hace tiempo y del que nunca pude leer el final, hasta el nombre del escritor se me olvidó. En él había una fiesta, el personaje principal pensaba que algo malo le iba a ocurrir por todos los datos que manejaba. No conozco el final pero sin embargo aventuro a que existe algo malo, algún tipo de problema que él tiene que descubrir. Siempre imagino que el personaje se fue antes de que sucediera algo terrible pero por el tono del cuento lo más seguro es que le acabase ocurriendo lo que esperaba.

1 comentario:

Okr dijo...

En las pelis yanquis siempre cuelgan el teléfono sin decir adios o hasta luego. Simplemente cuelgan y siempre pienso que la otra persona, la que está al otro lado del teléfono, se ha quedado con la cara torcida, mosqueada porque le han colgado el teléfono.